La profundidad no se “descarga”. Historias de la IA.
“El analfabeto del mañana no será quien no sepa leer, sino quien no haya aprendido a aprender”. Alvin Toffler, Future Shock, 1970.
Voy a hacer una pausa en los temas que venía abordando en el blog.
Hoy quiero hablar de algo que está en todas partes: la inteligencia artificial y el empleo.
No quiero hacerlo desde el miedo.
Tampoco desde el entusiasmo ingenuo.
Prefiero hacerlo desde lo que he visto y vivido.
Empecé a trabajar en tecnología a los 19 años. Fue en 1981. Han pasado más de cuarenta años.
Y no, no es solo “llevo muchos años en esto”. Es que me tocó atravesar varias revoluciones completas. De esas que cambian las reglas del juego. No ajustes menores. No mejoras graduales. Revoluciones.
· Empecé a escribir programas en tarjetas de 80 columnas, sí, escribir en tarjetas. No había pantallas como las que conocemos hoy. Me llevaría mucho tiempo explicarlo; les dejo un link para que lo consulten. https://bit.ly/4c7V6gc
· Vi nacer la PC cuando la computación era lejana y centralizada.
· Vi cómo los documentos físicos empezaron a convertirse en archivos digitales.
· Vi llegar Internet… y, con él, cambiarlo todo: la forma de comunicarnos, de vender y de informarnos.
· Viví el paso de los servidores físicos a los servicios en la nube.
· El cambio de comprar infraestructura a contratarla como servicio. Los gastos de capital se convirtieron en gastos de operación (CAPEX a OPEX).
· El software dejó de venderse en cajas y empezó a actualizarse casi sin que nos diéramos cuenta.
· Y algo más: el especialista técnico dejó de ser suficiente.
Hoy el valor ya no está solo en saber tecnología. Está en entenderla y traducirla. En conectarla con decisiones reales, con el negocio, con las personas.
También desapareció la idea de estabilidad permanente. Antes podías construir toda tu carrera sobre una sola plataforma. Hoy, en cinco años, el mapa completo puede cambiar.
Si tuviera que resumir lo que aprendí en estas décadas, sería algo muy simple: no gana el que aprende más rápido; gana el que aprende a desaprender.
Y eso no es técnico. Es mental.
Por eso, cuando escucho que la IA va a “eliminar trabajos”, lo tomo con cierta calma.
No porque subestime lo que viene, sino porque ya he visto transformaciones igual de profundas antes.
La inteligencia artificial no elimina profesiones. Las redefine. Y el ajuste más importante no es tecnológico. Es interno.
Si queremos mantenernos vigentes, el trabajo es otro:
· Aceptar que nunca sabemos lo suficiente.
· Conservar la curiosidad.
· No competir con los jóvenes desde la velocidad, sino desde la profundidad.
· Usar la experiencia como contexto, no como refugio.
· Hay que recordar que la tecnología cambia, pero ciertos principios no: orden, método, claridad.
Déjame describir algo cotidiano para que este concepto te resulte más cercano.
Tu peluquero tarda prácticamente lo mismo en cortarte el pelo que hace cuarenta años. No hay aplicación que lo haga en tres segundos. Y, sin embargo, hoy cuesta mucho más que en 1981.
¿Por qué?
Porque todo lo que lo rodeaba se volvió más productivo. La industria, el software, la automatización. Todo empezó a hacerse en menos tiempo y a menor costo.
Eso tiene nombre: la enfermedad de los costos de Baumol1. Cuando algunos sectores se vuelven extremadamente productivos, los que no pueden acelerarse al mismo ritmo no se abaratan… se encarecen.
Por eso, construir una casa sigue tomando tiempo y no se ha abaratado; al contrario, se ha encarecido.
Cuidar a un niño pequeño no se ha “optimizado”. Un niño pequeño sigue siendo un niño pequeño.
Durante doscientos años fue relativamente fácil distinguir lo que era claramente humano. Lo físico era evidente.
¿Puedes “descargar” un abrazo de la “nube”?
La IA cambia la conversación porque ahora entra en el ámbito cognitivo. Escribe. Analiza. Diagnostica. Sugiere. Está en educación, medicina, derecho, creatividad.
Entonces la pregunta ya no es: ¿Puede una máquina hacer este trabajo?
La pregunta ahora es más incómoda, más personal: ¿Qué parte de lo que yo hago necesita, de verdad, de un ser humano?
La IA puede enseñar cálculo mejor que muchos tutores. Pero el profesor es quien nota que algo cambió en tu hijo hace unas semanas y decide llamarte.
Eso no es un proceso. Es atención, criterio, responsabilidad.
Si miras tu propio trabajo con honestidad, vas a encontrar dos componentes: el proceso y el juicio.
El proceso se abarata cada mes.
El juicio también empieza a comprimirse.
Pero hay algo que no se automatiza con facilidad: la responsabilidad de decidir.
La IA puede sugerir el mejor camino. Puede optimizar variables. Puede anticipar escenarios. Pero alguien tiene que decir: “Vamos por aquí”.
Y alguien tiene que asumir lo que venga después.
Después de más de cuatro décadas, viendo cómo cambian las herramientas, tengo claro que el valor nunca estuvo en saber usar la máquina. Siempre estuvo en saber para qué usarla.
La IA no viene a quitarnos el trabajo. Viene a obligarnos a mirarnos con mayor honestidad.
Si tu aporte está en ejecutar procesos, competirás por velocidad.
Si tu aporte es el criterio, competirás por profundidad.
Y la profundidad —al menos por ahora— no se descarga.
1. William Jack Baumol fue un economista de la Universidad de Nueva York que escribió sobre la economía laboral y otros factores económicos.
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