Diplomacia enmascarada. México y el costo de renunciar a una voz propia.

"No nosotros los poderosos. No nosotros los victoriosos. Nosotros los pueblos." - António Guterres, 26 de junio de 2026.

Durante mucho tiempo he evitado escribir sobre política. Ya expliqué alguna vez por qué: encuentro pocas cosas buenas que decir y no quiero sumar otra dosis de indignación al ruido de todos los días. De eso ya tenemos suficiente.

Pero algo que ocurrió a finales de septiembre me hizo detenerme. No porque fuera a cambiar de inmediato nuestra vida diaria, ni porque resultara más urgente que la violencia, la inseguridad o las carencias que padecen millones de personas. Me inquietó por algo distinto: volvió a mostrar cuánto nos cuesta asumir el lugar de México en el mundo.

El Debate General de la Asamblea General de las Naciones Unidas comenzó el 22 de septiembre de 2026. Se esperaba la participación de 71 jefes de Estado, 45 jefes de Gobierno y 11 vicepresidentes, además de ministros y otros representantes. A México lo representó el secretario de Relaciones Exteriores, Roberto Velasco Álvarez.

El viernes 25, México fue el undécimo de los 17 oradores de la sesión vespertina. Vale la pena precisarlo: no fue el último país en intervenir, como se afirmó en algunas columnas. Pero sí habló tarde, ante un recinto prácticamente vacío y cuando la mayoría de los mandatarios ya había acaparado la atención internacional. El protocolo da prioridad a los jefes de Estado y de Gobierno. Y precisamente por eso importa quién representa a un país y qué mensaje lleva consigo.

Esta reflexión comenzó a tomar forma tras leer la columna "Diplomacia anodina" de Jesús Silva-Herzog Márquez. Allí, el autor retoma una imagen de Octavio Paz y la convierte en una frase demoledora: "No es nadie. Solo es México". Desde entonces, la frase no ha dejado de rondarme. La tomo como punto de partida, no como conclusión, porque el problema no es únicamente cuándo habló México, sino también lo poco que pareció querer decir.

La máscara.

En El laberinto de la soledad, Octavio Paz se detuvo en la reserva, el recelo y la simulación como rasgos de nuestra identidad. En uno de sus pasajes recuerda la respuesta de una joven trabajadora doméstica cuando alguien preguntó quién estaba ahí: "No es nadie, señor; soy yo".

La anécdota no habla de modestia. Habla de una manera de desaparecer: estar presente y, al mismo tiempo, restarse importancia. Algo parecido ocurre cuando un país con la historia, la población, el territorio, la economía y los vínculos internacionales suficientes para influir, decide presentarse como si apenas tuviera derecho a ocupar una silla.

México no puede presentarse como si no fuera nadie. Tampoco puede esconderse detrás de los principios de no intervención y soberanía cada vez que el mundo exige definiciones. Es un país profundamente integrado en América del Norte, cultural e históricamente unido a América Latina y con intereses crecientes en Europa y Asia. Esa realidad no desaparece solo porque el gobierno prefiera no nombrarla.

Una voz apagada.

El discurso del canciller contenía varios elementos defendibles. Habló de cooperación sin subordinación, justicia social, respeto a la integridad territorial, una solución de dos Estados para Israel y Palestina, el rechazo al embargo contra Cuba y la diplomacia preventiva. No era, pues, un discurso vacío en sentido literal. Lo que le faltaba era horizonte.

México llegó a la principal tribuna multilateral sin explicar cómo entiende la ruptura del orden internacional, la expansión del poder económico y militar, el regreso de los aranceles como instrumento de presión, las guerras que están reconfigurando las alianzas o la competencia entre Estados Unidos y China. Tampoco propuso un papel reconocible para México en ese escenario.

Esta forma de mirar el mundo quedó aún más clara —y, para mí, también más preocupante— durante una conversación del canciller en el Council on Foreign Relations. Cuando le preguntaron por la propuesta canadiense de coordinar a las potencias medias, respondió que México no se considera una potencia media y que no ve el mundo en términos de potencias. Añadió, con razón, que el país busca relacionarse con todas las regiones y diversificar su comercio. La precisión es importante porque evita caricaturizar su respuesta, pero no resuelve el problema de fondo.

Que México no vea el mundo en términos de potencias no hace que las potencias desaparezcan. Estados Unidos, China, Rusia y la Unión Europea actúan de acuerdo con sus intereses, capacidades y zonas de influencia. Canadá busca construir alianzas con países medianos. Brasil intenta conservar una voz propia. México, en cambio, parece confundir la prudencia con la indefinición.

La soberanía no consiste en cerrar los ojos ante las relaciones de poder, sino en comprenderlas para no quedar sometidos a ellas.

Representar al Estado.

Entiendo la lógica de la política interna, aunque muchas veces no la comparta. Una candidata representa un proyecto y compite contra otros. Una presidenta en funciones, en cambio, representa al Estado mexicano, incluidas las personas que no votaron por ella. Esa diferencia la obliga, de vez en cuando, a salir de su territorio cómodo de los seguidores y de los actos controlados.

Puede parecer extraño saltar de la Asamblea General de la ONU a un estadio de fútbol. No lo es tanto. Las ceremonias internacionales también dicen mucho sobre la manera en que un gobierno entiende la representación nacional.

El 12 de octubre de 1968, apenas diez días después de la matanza de Tlatelolco, Gustavo Díaz Ordaz inauguró los Juegos Olímpicos en el Estadio Olímpico Universitario. Dos años más tarde, durante la apertura del Mundial de 1970, recibió un abucheo multitudinario en el Estadio Azteca.

El 31 de mayo de 1986, ocho meses después del terremoto, Miguel de la Madrid tuvo que enfrentar un rechazo similar al inaugurar el Mundial.

No presento a esos presidentes como ejemplos democráticos. Sus gobiernos tienen cuentas históricas muy distintas y, en algunos casos, gravísimas. Mi punto es más elemental: acudieron a representar al país aun sabiendo que serían recibidos con hostilidad. El cargo no les permitía confundir el rechazo personal con el significado institucional de la ceremonia.

El 11 de junio de 2026, México se convirtió en el único país que ha organizado tres Copas del Mundo. La presidenta Claudia Sheinbaum decidió no asistir al estadio. Entregó su boleto a una joven aficionada que difícilmente habría podido adquirirlo y vio el partido durante un acto público en el Deportivo Los Galeana. El gesto tuvo un significado social reconocible y sería injusto pasarlo por alto.

Aun así, me pareció una decisión equivocada. El boleto presidencial no era simplemente una entrada privilegiada: representaba un lugar institucional. La inauguración no pertenecía a un partido político, a la FIFA ni a quienes podían pagar entradas a precios exorbitantes. Era una ceremonia en la que la jefa del Estado debía representar a México ante el mundo y, al mismo tiempo, exponerse al juicio de su propia sociedad.

El 19 de julio, en cambio, la presidenta asistió a la final en Nueva York y compartió el palco con Donald Trump y Mark Carney. Esa cercanía no es reprochable por sí misma; la diplomacia obliga a convivir con dirigentes con quienes existen profundas diferencias. Lo inquietante es la asimetría: en Nueva York ocupó el lugar formal que había decidido no ocupar en la Ciudad de México.

El problema de fondo.

A primera vista, la intervención en la ONU y la ausencia en el partido inaugural parecen episodios sin relación entre sí. Para mí, expresan la misma dificultad: la renuncia a representar plenamente a México cuando hacerlo exige definición, riesgo o exposición pública.

México no necesita una política exterior estridente ni una presidenta empeñada en protagonizar cada escenario. Necesita algo más tradicional y también más difícil: instituciones que entiendan el peso histórico del cargo, una diplomacia capaz de leer el mundo tal como es y una voz que no confunda la discreción con la irrelevancia.

No somos una superpotencia, desde luego. Pero tampoco un país condenado a observar desde la última fila. Nuestra ubicación, nuestra historia y nuestros vínculos nos obligan a pensar estratégicamente, a construir alianzas y a hablar con claridad.

Un país no se vuelve irrelevante solo porque otros lo ignoren. También puede volverse irrelevante cuando su gobierno aprende a hablar como si no tuviera nada que decir.

Fuentes consultadas.

• António Guterres, conmemoración del Día de la Carta de las Naciones Unidas, 26 de junio de 2026

• Naciones Unidas, Semana de Alto Nivel de la Asamblea General 2026

• Naciones Unidas, lista oficial de oradores de la sesión vespertina del 25 de septiembre de 2026

• Secretaría de Relaciones Exteriores, intervención de Roberto Velasco ante la Asamblea General

• El Diario de Juárez, conversación de Roberto Velasco en el Council on Foreign Relations, 25 de septiembre de 2026

• Jesús Silva-Herzog Márquez, "Diplomacia anodina", 28 de septiembre de 2026

• Presidencia de la República, conferencia de prensa del 12 de junio de 2026

• FIFA, cierre de la Copa Mundial 2026 en Nueva York Nueva Jersey

• Excélsior, reconstrucción histórica de las inauguraciones de 1970 y 1986

• Octavio Paz, El laberinto de la soledad, capítulo Máscaras mexicanas

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