Ahora cuando alguien me gusta, se nota.
«El amor maduro significa unión a condición de preservar la propia integridad, la propia individualidad». - Erich Fromm, El arte de amar, 1956.
A estas alturas de mi vida, me da un poco de flojera tener que disimular que alguien me importa.
Si tengo ganas de volver a verla, quiero poder decirlo. Si pasé un buen rato con ella, me nace buscar otro encuentro. A veces se me ocurre un plan; otras, simplemente quiero saber cómo estuvo su día. Es muy simple.
No entiendo por qué tendría que fingir otra cosa. Parece que hoy está de moda hacerlo.
Siendo honesto, en algún momento, también he dudado.
He pensado si escribí demasiado pronto, si debí esperar a que ella me buscara, si estuvo de más decirle que me había dado gusto verla.
Es curioso: uno puede llegar a cierta edad, haber tomado decisiones difíciles, haber aprendido a estar solo y, aun así, quedarse mirando un mensaje, preguntándose si mostrar entusiasmo será un error.
Y ahí empiezo a incomodarme conmigo mismo, porque reconozco lo que estoy haciendo: estoy calculando…
¿De dónde viene esa cautela?
Todos cargamos con alguna historia que nos lastimó y nos enseñó a cuidarnos y protegernos.
Hay decepciones que nos dejan sensibles, más atentos a las señales, menos dispuestos a entusiasmarnos con la primera conversación agradable.
Lo entiendo y lo respeto. Yo también tengo mis reservas y mis tiempos.
Pero no entiendo por qué conocer a alguien tiene que convertirse en una especie de ejercicio de contención: no escribas tanto, no estés tan disponible, no propongas otro encuentro todavía.
¿Existe una cantidad correcta de interés? ¿Pasar ese límite, completamente abstracto, nos deja en desventaja?
A mí me gusta la cercanía. Me gusta que una conversación continúe al día siguiente. Compartir una canción porque algo de ella me recordó a esa persona. Tener ganas de contarle una tontería que me pasó. Esas pequeñas cosas que van haciendo que alguien encuentre un lugar en nuestra vida, casi sin que nos demos cuenta.
También sé que mi intención puede no coincidir con las suya.
Que yo esté dispuesto a conocer a alguien con atención no significa que esa persona quiera lo mismo, ni que tenga que avanzar a mi ritmo. Puede necesitar más tiempo. Puede estar buscando algo distinto. Puede, sencillamente, no sentir suficiente interés por mí. Hay que tener la madurez para escuchar eso, incluso cuando nadie lo dice con todas sus letras.
Lo que quisiera evitar es quedarme tratando de encontrar la “estrategia” que finalmente despierte su interés.
A estas alturas de mi vida, seguir descifrando silencios resulta agotador. Prefiero una conversación incómoda que me permita saber dónde estoy parado.
Valoro mi tiempo, mis rutinas y la tranquilidad de estar conmigo.
Por eso, cuando aparece alguien con quien quiero compartirlos, me parece que vale la pena prestarle atención. Ilusionarme me da gusto. Después de todo lo vivido, conservar esa disposición debería ser algo natural.
Es algo que quiero conservar.
Eso incluye saber retirarme cuando no hay correspondencia. Aceptar una decepción sin convertirla en una teoría sobre lo mal que está todo el mundo. Y también incluye dejar de corregirme cada vez que me nazca un gesto de cariño, como si hubiera algo de qué avergonzarse en él.
Aún tengo mucho que aprender sobre cómo acercarme a otra persona, es un proceso constante.
Supongo que eso nunca termina. Pero hay algo que sí tengo bastante claro: me gustaría vivir una relación en la que pudiera estar a gusto siendo quien soy.
Poder decir «quiero verte» sin pasar media hora editando y repasando el mensaje.
Y sentir que también a alguien le da gusto que esté ahí, intentando.
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