El chismoso también paga pasaje.

«El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve». Antonio Machado, 1924.

Me muevo en transporte público la mayor parte del tiempo y escuchar música con los audífonos, se ha vuelto una costumbre en mis viajes de regreso al departamento.

Por alguna razón en esta ocasión no lo hice.

He tenido viajes surrealistas en el transporte público, pero este era de antología. En algún momento del recorrido pensé: ya sé cuál será el tema de mi siguiente post. Y empecé a tomar notas.

Todo sucedía en una de esas camionetas en las que caben diecinueve personas. Un espacio bastante reducido para las compras, las piernas y los problemas de cada quien.

Una pareja discutía sobre el ajo. Querían ponerse de acuerdo sobre cómo usarlo para desinflamar: cómo cortarlo, cómo prepararlo y a qué hora tomarlo. Además, había una tercera persona participando por teléfono celular. El asunto tenía suficientes opiniones como para durar todo el trayecto.

Un señor mayor decidió intervenir. Llevaba shorts rosas con flores blancas y una bolsa de Walmart, de esas que uno reconoce porque hay una en casi todos los hogares mexicanos. Era día de mercado y parecía que acababa de hacer sus compras.

Su aportación al debate sobre el ajo le valió una breve lección de herbolaria, impartida con ese poquito de desdén que a veces acompaña a quienes sienten que saben más que uno.

Más adelante, el señor le pidió al chofer que se detuviera junto a una pequeña tienda de abarrotes. Quería comprar una Coca-Cola. El chofer se detuvo y el señor compró su Coca. Yo seguía anotando.

Cerca de él, un padre y su hijo intentaban decidir qué comer. Una conversación sencilla, hasta que el padre aprovechó para recordarle al niño que él no era como su mamá, que solo lo consentía.

Me llamó la atención lo fácil que una decisión sobre la comida podía convertirse en un comentario sobre la madre. Del desacuerdo entre los adultos yo no sabía nada. Solo estaba escuchando ese pedacito, con el niño en medio.

El señor de los shorts empezó a contarle chistes al pequeño. No le hicieron gracia. La cara del niño, al menos como yo la leí, decía: “Ya cállate”.

Tampoco conozco los motivos del señor. Quizá le gustaba conversar. Quizá creyó que el niño se divertiría. El caso es que sus chistes tuvieron un público difícil.

Mientras tanto, un hombre que me pareció albañil seguía jetón. En mis primeras notas lo di por borracho y supuse que salía de trabajar. Después caí en la cuenta de lo rápido que le había armado una historia: lo único que podía asegurar era que dormía.

Entre el debate sobre el ajo, los chistes y la música, reconocer que asumí algo sin tener bases, ya tenía mérito, por sí mismo.

Un joven, que identifiqué como ejecutivo de Banamex, no dejaba de mirar su reloj. Me lo imaginé contando los minutos para llegar a la sucursal y dejar de escuchar nuestras conversaciones. Tal vez llevaba prisa por otra razón. Yo ya le había adjudicado una.

El vendedor, por su parte, acababa de hablar con su jefe. Colgó y le mentó la madre entre dientes. Luego llamó a su pareja.

Un par de minutos después escuché:

“¿Tú también?”

No supe qué le habían dicho. Tampoco hacía falta para que la frase me llamara la atención. Venía de una llamada que lo había dejado molesto y, a juzgar por su respuesta, la siguiente tampoco estaba saliendo como esperaba. ¿Tú también? A veces dos palabras dejan ver bastante, aunque uno apenas alcance a asomarse.

El chofer llevaba narcocorridos a todo volumen y discutía con el encargado de la ruta. Se quejaba de otro conductor porque manejaba muy rápido y andaba levantando a sus pasajeros.

La disputa por el trabajo también viajaba con nosotros. Se escuchaba entre la música y las demás pláticas, como si la camioneta todavía tuviera espacio para otro problema.

Una señora mascaba chicle con una energía que merecía atención por sí sola. Parecía que en eso se le fuera la vida. No intervino en nada. Yo, desde luego, también anoté.

Los demás pasajeros estaban pegados al celular. Cada uno tendría sus asuntos, aunque de esos no me enteré.

Y luego estaba yo.

El chismoso.

Muy entretenido, tomando notas, repartiendo papeles y decidiendo quién estaba harto, quién estaba borracho y quién quería bajarse cuanto antes. Con unas cuantas miradas y frases ya tenía un elenco completo.

Qué facilidad para creer que conocemos a alguien tras observarlo durante unos minutos. Yo llevaba haciendo exactamente eso durante el viaje.

Aun así, hubo algo entrañable en aquella coincidencia. El señor intentaba hacer reír al niño; la pareja seguía ocupada con el ajo; el vendedor buscaba cómo salir de sus llamadas; alguien dormía mientras otro miraba el reloj.

 

Todo ocurría al mismo tiempo, en el mismo espacio, vidas entrelazadas durante unos minutos y lo pude escuchar porque, durante un rato, estuve “presente”.

De ninguno supe el nombre. Me traje unos shorts rosas, una receta para el ajo, una bolsa de compras, un chiste que no funcionó y un “¿Tú también?” que todavía me hace pensar.

Pero, también me regalo esta entrada del blog.

¡Si alguno hubiera tomado notas sobre mí, a saber qué habría escrito!

 

 

Comentarios

  1. Todo el relato te imagine tu mirada disimulada, pero clavada en cada personaje de esta corta novela

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  2. ¿Qué estabas por ahí? ¡Por qué no te vi! Gracias por leer.

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