La luz que no persigue...

“La atención es la forma más rara y pura de la generosidad.” Simone Weil

Hay una teoría que aprendí a fuerza de golpes; se llama el “Principio del Faro”.

Aunque nadie lo explique así, vamos a tratar de simplificarlo.

Un faro no “persigue” barcos, no “grita” ni se “mueve” para que lo vean. Simplemente se queda donde fue construido y brilla con toda su intensidad.

Pero esta teoría tiene un mensaje de trasfondo que me cayó de golpe.

¿Debemos ser un faro o un barco de rescate?

Los barcos que necesitan dirección encontrarán el faro, siempre. Los barcos que creen que no necesitan un faro naufragarán en cualquier otro sitio.

Y tal vez, durante mucho tiempo, algunos de nosotros no fuimos un faro; fuimos un barco de rescate.

Lo fuiste si perseguías a personas que estaban en una “tormenta”, tratando de explicarles algo que ya habían decidido no querer entender. Ayudabas a demostrar que merecías quedarte.

Y cada vez que lo hacías, pensabas que estabas siendo amoroso, comprensivo y leal, pero en realidad estabas abandonando tu puesto, tu rol principal.

Cuando estás todo el tiempo para personas que no están “ancladas”, confunden el acceso con el valor. No les gusta tu luz; les gusta la comodidad de tenerte disponible.

Así que cuando dejas de perseguir, cuando dejas de sobreextenderte, cuando te quedas quieto y empiezas a poner atención en lo que sí te toca hacer por ti, pasa algo incómodo: algunas personas empiezan a alejarse.

Al principio se siente como un fracaso, como una pérdida, como un rechazo… hasta que te das cuenta de algo poderoso: las personas que desaparecieron no te rechazaron; simplemente nunca vinieron por ti, nunca vinieron a rescatarte.

En el momento en que dejaste de “rescatar” a los demás, apareció la verdad: no perdiste a nadie.

Cuando crecemos como personas, perdemos roles. Perdemos el papel del “arreglador”, del “salvador”, del “proveedor emocional”, etc. Y cuando esos roles desaparecen, lo que queda es una conexión real.

Entonces la vida se vuelve más tranquila, más limpia, más ligera, más alineada.

Las personas adecuadas no necesitan que estés exhausto. No necesitan que des de más para sentirse cerca. No necesitan minimizar tu presencia para sentirse seguras.

Se sienten atraídas por quien eres, no por lo que ofreces.

Sé el faro.

Y con el tiempo, cuando las cosas se acomodan por sí solas, te das cuenta de que elegirte valió la pena.

No estás perdiendo el rumbo. Por fin estás en él.

Deja de perseguir barcos. Sé el faro para quienes están destinados a encontrarte.

 

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