No es que la sociedad esté perdida.
“La fama es muy fácil de obtener. Lo difícil es merecerla.” — Albert Camus
Hemos alterado nuestros criterios de admiración.
Hoy se aplaude al que grita más fuerte, no al que vale más. Se premia la estridencia por encima de la consistencia y la exposición por encima del trabajo silencioso.
Confundimos presencia con mérito y volumen con profundidad.
Se admira más a quien tiene fama que a quien tiene talento; más a quien muestra que a quien construye. No porque la fama sea en sí misma un problema, sino porque rara vez nos detenemos a preguntarnos por qué alguien la tiene y qué ha hecho para merecerla.
El problema no es la fama. El problema es a quién se la entregamos y con qué ligereza lo hacemos. Porque si metes a un payaso en un circo, no pasa nada: está en su lugar. Pero si metes a un payaso en un castillo, el payaso no se vuelve rey; el castillo, en cambio, sí se convierte en un circo. Cuando los espacios de valor se llenan de espectáculo, el valor desaparece.
La atención mal otorgada tiene efectos corrosivos. Hace que el burro se sienta león, que la mediocridad se disfrace de excelencia y que la ignorancia adopte un tono altanero. No porque esas cosas hayan cambiado de naturaleza, sino porque se les concedió un micrófono que nunca debieron tener.
Por eso cada vez hay menos personas pensando y más personas repitiendo. La repetición es cómoda, pensar incomoda.
Cuando alguien no tiene personalidad ni juicio propio, en la multitud grita; y cuando se le acerca al poder, se pierde por completo.
Vivimos en una época donde se confunde influencia con valor, seguidores con sabiduría y visibilidad con importancia. Medimos el impacto por números, no por profundidad; por alcance, no por consecuencia.
No faltan personas con talento. Faltan personas dispuestas a escuchar, a sostener el silencio necesario para aprender y a admirar aquello que no genera espectáculo inmediato. Falta voluntad para reconocer lo que no se exhibe, pero se construye.
Necesitamos dejar de poner en pedestales a quienes no los merecen ni pueden sostenerlos. No todo el que brilla tiene peso, y no todo el que pesa brilla.
La fama no es el enemigo. El verdadero problema es la responsabilidad colectiva que eludimos cada vez que la entregamos sin criterio, como si no tuviera consecuencias.
Excelente análisis coincido totalmente contigo
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