“Invesil”: cuando el lenguaje se rompe…

“Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo.” — Ludwig Wittgenstein, 1922.

El texto que sigue es de Francisco Martín Moreno. Novelista, historiador y, sobre todo, una voz que rara vez pasa desapercibida en la conversación pública del país. Su estilo no busca agradar; busca incomodar, sacudir, obligar a pensar.

“Les cuento que, después de promover una buena cantidad de videos, además de mis columnas en los periódicos y mis escasas intervenciones en la radio, he recibido una gran cantidad de insultos y ofensas. Pero una de ellas, la más sobresaliente, me llegó en los últimos días.

 Imagínense ustedes, con el ánimo de ofenderme y humillarme, me escribieron:

‘Es usted un “invesil”.

Sí, así como lo leen: cuatro faltas de ortografía en una sola palabra.

No sé qué les parezca; estos son de los internautas que, a veces, se atreven a insultar cuando, con dificultad, pueden leer y escribir.

Con el paso del tiempo, queridos amigos, más me convenzo de que somos un país de reprobados.

La educación ha fracasado en nuestro país porque, en un país de ignorantes y semianalfabetos funcionales, el 60% de la población vive en la informalidad y no tiene acceso a la educación.

Y si no tienen acceso a la educación, pueden seguir recibiendo dinero del gobierno.

¿Qué interés pueden tener estas personas en construir una democracia, en construir un Estado de derecho, un verdadero orden jurídico donde se respete la legalidad y los derechos humanos, y donde podamos prosperar en un ambiente crítico, democrático, de evolución y no de involución?

Creo que mientras no rescatemos el sistema educativo, este país no va a prosperar.

Por supuesto, leo muchos de los comentarios que recibo en redes sociales, pero no lo hago cuando me insultan de esa manera.”

El insulto es anecdótico. Lo relevante es lo que revela.

Cuando la educación no alcanza, el lenguaje se empobrece. Y cuando el lenguaje se empobrece, el pensamiento le sigue. Si a eso se le suma un espacio donde cualquiera puede hablar sin dar la cara —sin costo, sin consecuencia—, el resultado no es libertad: es ruido.

Las redes sociales son un espejo.

Amplifican lo que somos y hoy, con demasiada frecuencia, reflejan una combinación incómoda: baja exigencia intelectual y nula responsabilidad personal.

Frente a eso, quizá valga la pena recuperar algo que parece simple —casi obsoleto—, pero no lo es: escribir.

No solo es nostalgia.

Escribir a mano activa procesos mentales distintos: obliga a ordenar ideas, a elegir palabras, a pensar antes de decir. Fortalece la memoria, afina la expresión y, sobre todo, introduce algo que hoy escasea: la pausa.

Una carta, una nota, incluso un apunte breve, tiene algo que el mensaje inmediato no puede replicar: intención.

Escribir te obliga a decidir qué vale la pena decir… y cómo decirlo.

Y sí, también mejora la ortografía, pero eso es apenas el síntoma visible de algo más profundo: una relación más cuidadosa con la palabra.

Porque al final, quien no cuida la calidad de lo que dice —ni en casa, ni en la calle  ni en lo digital— difícilmente puede aspirar a algo más.


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