La energía, la guerra y la factura que siempre termina en casa.
“La crisis energética es real. Es mundial. Es un peligro claro y presente…” — Jimmy Carter, 1979.
Toda gran crisis internacional parece comenzar lejos.
En un mapa.
En una frontera.
En un estrecho marítimo cuyo nombre pocos conocen hasta que aparece en los
titulares.
Pero la historia —y la economía— nos enseñan una lección constante: ninguna crisis se queda lejos por mucho tiempo.
Siempre termina llegando a casa.
Esta vez, la puerta de entrada es la energía.
Lo que hoy vemos en Medio Oriente no es solo otro episodio de tensión geopolítica. Es un choque que ya empezó a recorrer, casi silenciosamente, los mercados, los presupuestos públicos y, más pronto que tarde, el bolsillo de millones de familias.
El petróleo Brent superó los 118.10 dólares por barril el pasado 1 de abril, su mayor salto en un solo día desde 2020.
La cifra, por sí sola, impresiona.
Pero el número es apenas la superficie.
Lo verdaderamente importante es lo que esa cifra desencadena.
Más presión sobre las finanzas públicas.
Más costos logísticos.
Más inflación potencial.
Más incertidumbre.
Y aquí es donde México entra en escena.
La paradoja que llevamos años arrastrando.
Somos un país petrolero.
Y, al mismo tiempo, seguimos siendo un país que depende del exterior para cubrir buena parte de su demanda de gasolina, diésel y gas.
Dicho de otra forma: vendemos petróleo, pero compramos energía procesada.
Ese matiz, que a veces parece técnico, es, en realidad, el corazón del problema.
Porque mientras el precio del barril que exportamos sube, también se dispara —y con mayor fuerza— el costo de lo que necesitamos importar para impulsar nuestra economía.
Aquí está la paradoja.
El Paquete Económico 2026 estimó el precio del barril mexicano en 54.90 dólares. Hoy ya se ubica en 77.30 dólares, un incremento del 41%.
Hasta ahí, alguien podría pensar: «Buenas noticias».
Pero el referente internacional, el Brent, pasó de 61.15 a 118.10 dólares, es decir, un incremento cercano al 93%.
Y ahí aparece la verdadera dimensión del problema.
Estamos vendiendo mejor, sí.
Pero estamos comprando mucho peor.
Esa diferencia no es una cifra abstracta.
Es presión fiscal.
Es un costo político.
Es inflación futura.
El margen para la inversión pública es menor.
En el fondo, es una factura que alguien tendrá que asumir.
Cuando el Estado contiene el golpe.
En momentos así, el gobierno suele intervenir para evitar que el impacto llegue de inmediato al consumidor.
Topes al precio de la gasolina.
Subsidios al diésel.
Ajustes fiscales vía IEPS.
Eso puede aportar oxígeno a corto plazo.
Y, en términos sociales, muchas veces es necesario.
Pero conviene decirlo con claridad: el costo no desaparece.
Solo cambia de lugar.
Lo que hoy no paga el ciudadano directamente en la estación de servicio termina saliendo del presupuesto público.
Y lo que sale del presupuesto público, tarde o temprano, lo terminamos pagando todos.
A veces en deuda.
A veces en menor inversión.
A veces en servicios que dejan de crecer al ritmo que el país necesita.
La factura cambia de forma, pero no desaparece.
El frente del que se habla poco.
Hay, además, otro riesgo que me parece todavía más profundo y del que se habla poco.
Suez.
El Canal de Suez y el Mar Rojo no son solo rutas lejanas en el mapa. Son arterias del comercio global.
Cuando una ruta marítima se altera, no solo se encarece el petróleo.
Se encarece casi todo.
Tecnología.
Alimentos.
Componentes industriales.
Bienes importados.
Cada desvío representa entre 500 y 1,500 dólares adicionales por contenedor, sin incluir primas de seguro ni retrasos operativos.
Eso significa que la crisis energética empieza a transformarse en una crisis logística.
Y cuando eso ocurre, la inflación encuentra una nueva vía de entrada.
Silenciosa.
Gradual.
Pero profundamente real.
La pregunta de fondo.
Quizá la pregunta no es si esta crisis nos va a afectar.
Eso ya está ocurriendo.
La verdadera pregunta es otra.
¿Cuánto de lo que hoy estamos viendo es coyuntura internacional… y cuánto revela fragilidades estructurales que México lleva demasiado tiempo postergando?
Porque las grandes crisis tienen esa capacidad.
No solo golpean.
También exhiben.
Y a veces nos obligan a mirar con honestidad aquello que preferimos no discutir en tiempos de calma.
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