Perdóname por responderte al instante. Segunda parte.
“Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio está nuestro poder para elegir nuestra respuesta. En nuestra respuesta yace nuestro crecimiento y nuestra libertad.” —Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido, 1946.
Hay algo que no terminamos de decir en voz alta.
Nos incomoda la gente que siempre "está".
No lo admitimos así de claro. Lo disfrazamos. Decimos que es “intenso”.
Pero en el fondo, lo que nos pasa es otra cosa: no sabemos qué hacer con alguien que no juega a desaparecer.
Porque nos acostumbramos a eso.
A los mensajes "intermitentes".
A las conversaciones que se enfrían sin explicación.
A la sensación de que siempre hay que estar interpretando algo.
Y entonces, cuando alguien responde y alguien está, sin misterio ni cálculo, algo no nos cuadra.
No porque esté mal, sino porque no es lo que aprendimos a leer.
Yo creo que ahí está el punto.
No siempre es alguien sin vida. Es alguien que sabe lo que se siente esperar, que sabe lo que duele ser ignorado y que sabe lo que es necesitar y que nadie esté.
No es que la presencia sea rara. Es que nosotros nos volvimos expertos en comprender la ausencia como algo normal.
Por eso confundimos.
Confundimos a alguien claro con alguien intenso.
A alguien disponible con alguien desesperado.
A alguien que te hace espacio en su vida, con alguien que “no tiene vida”.
Pero si lo piensas con calma… no va por ahí.
Estar no es no tener vida.
Estar es, justamente, lo contrario: tenerla lo suficientemente en orden como para poder elegir a alguien dentro de ella.
Y eso no pasa tan seguido.
Tampoco se trata de romantizar todo. No toda inmediatez es sana. No toda distancia es desinterés. Pero entre esos extremos, hay algo que se nos está escapando: la capacidad de reconocer lo simple.
Que alguien esté.
Que alguien responda.
Que alguien no te haga dudar todo el tiempo.
Suena básico… hasta que te das cuenta de lo poco común que es.
Quizá por eso lo descartamos tan rápido.
Porque no se siente como el caos al que estamos acostumbrados.
Y lo que no se siente familiar a veces lo confundimos con lo incorrecto.
Pero no todo lo que te descoloca te hace daño.
Hay vínculos que te enredan… y otros que te sostienen.
Eso es oro puro.
Comentarios
Publicar un comentario