Internet empieza a sonar igual.

“Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento.”— George Orwell, abril de 1946.

Últimamente algo extraño sucede cuando leo algún documento en Internet.

Aparecen textos ordenados, con puntuación impecable, correctos.

No solo eso: muchos textos parecen seguir la misma línea: introducción clara, tres o cuatro ideas como máximo, bien acomodadas y una conclusión que pretende dejarnos pensando.

Sin errores ni tropiezos.

Pero a veces, después de leer varios textos, comienzo a tener la sensación de que ya había leído algo similar.

Y no son las palabras; estas cambian desde luego. El tema es diferente, pero "la voz" se parece demasiado, como si un viejo amigo te estuviera platicando lo que vivió, en semanas anteriores, pero "el cómo" te lo platica es siempre su voz, su forma de expresarse.

Con frecuencia, no consigo identificar quién lo escribió.

Hoy pienso que cualquiera podría haberlo escrito. O quizá nadie.

Y parece que no soy el único.

El 20 de agosto de 2026, el Pew Research Center publicó un análisis de casi medio millón de páginas en inglés recopiladas en los últimos cinco años. Utilizando una muestra representativa de julio de 2026, obtuvo los siguientes resultados: una de cada diez páginas presentaba señales claras de haber sido escrita o editada sustancialmente mediante inteligencia artificial.

Cuando los investigadores observaron únicamente páginas publicadas después de la aparición de ChatGPT, la proporción superó el 30 %.

El dato llama la atención. Pero conviene tomarlo con cuidado.

Es necesario aclarar que los detectores de inteligencia artificial no son infalibles; incluso, en algunos casos, son una estafa.  No deberían utilizarse para acusar a una persona de algo.

Una frase demasiado correcta, una lista de tres elementos o un cierto signo de puntuación no demuestran nada por sí solos. Todos podemos escribir así. De hecho, como seres humanos, llevamos siglos haciéndolo.

El problema empieza a ser visible cuando, al analizar cientos de miles de documentos, se detectan patrones difíciles de ignorar.

Algunas palabras se repiten cada vez más; algunas estructuras comienzan a dominar. Textos ordenados, pero, sobre todo, exageradamente positivos.

Todo se vuelve: "fundamental", "transformador", "relevante" o "crucial".

Poco a poco, Internet empieza a adoptar una misma entonación.

Otra investigación, desarrollada por especialistas de Imperial College London, Internet Archive y Stanford, estimó que para mediados de 2025 el 35 por ciento de los sitios web recién lanzados mostraba señales de contenido generado o asistido por inteligencia artificial.

Sus conclusiones resultaron particularmente interesantes porque no pudieron confirmar nuestros temores.

No encontraron evidencia suficiente para afirmar que la IA hubiera eliminado por completo la diversidad de estilos.

Hay que decir que sí encontraron, una reducción de la diversidad de ideas y un aumento considerable del uso de lenguaje positivo. Los sitios asociados a contenidos de IA mostraban una mayor semejanza temática.

Algo similar apareció en un estudio publicado en Science Advances.

Las personas que recibieron ayuda de herramientas de inteligencia artificial escribieron historias más creativas, mejor redactadas y más agradables. El beneficio fue particularmente visible entre quienes tenían mayores dificultades para escribir.

A mi parecer, esa es una buena noticia.

Pero ocurrió algo más: las historias generadas con ayuda de la inteligencia artificial comenzaron a parecerse entre sí.

Individualmente, cada persona podía escribir mejor. Colectivamente, todos comenzaron a escribir de manera similar.

La paradoja.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a ordenar una idea, encontrar citas bibliográficas, encontrar una palabra, corregir un error, incluso vencer el miedo ante una página en blanco.

Yo utilizo estas herramientas y reconozco su enorme utilidad. Sería absurdo negarla.

El problema no es recibir ayuda.

El problema comienza cuando dejamos de tomar decisiones.

La tarea de escribir un texto nunca ha consistido en colocar las palabras correctas en el orden adecuado. En un texto también aparecen nuestra historia, nuestras dudas, nuestras creencias, las expresiones que aprendimos en casa, los libros que hemos leído y hasta nuestra forma particular de equivocarnos.

La voz humana tiene irregularidades.

A veces se detiene y regresa a una idea; puede cambiar de opinión.

Utiliza una palabra que quizá no sea la más elegante, pero sí la más sincera. El texto relata una experiencia que solo esa persona podría contar y en ocasiones, puede contradecirse.

Esas pequeñas imperfecciones nos permiten empezar a reconocer a la persona que escribe.

La inteligencia artificial aprende identificando patrones. Al observar millones de textos, calcula qué palabra tiene la mayor probabilidad de formar una oración.

Una de sus fortalezas es reconocer lo que funciona.

Pero una voz propia no nace únicamente de lo que suele funcionar; me atrevería a afirmar que, al contrario, puede nacer de lo que no funciona.

Nace de lo inesperado, de una experiencia personal que no figura en ninguna base de datos. De un recuerdo familiar, de una frase heredada.

De nuestra manera particular de mirar algo que quizá muchos hayamos visto, pero que vivimos de otra forma, en otro momento y con una persona diferente.

Por eso, tal vez debamos dejar de preguntarnos si es correcto o incorrecto utilizar la inteligencia artificial para escribir. La pregunta resulta demasiado simple.

Sería más útil preguntarnos cuánto de nosotros permanece en el texto tras utilizarla.

¿Podemos explicar y defender cada afirmación?

¿Los ejemplos provienen realmente de nuestra experiencia y suenan como nosotros?

¿Hemos revisado el texto o simplemente hemos aceptado la primera versión porque parecía suficientemente buena?

La inteligencia artificial es una excelente asistente. Nos puede cuestionar; nos ayuda a ordenar nuestras notas/ideas, a detectar repeticiones y a expresarnos mejor.

Pero nunca debería decidir qué pensamos ni borrar aquello que nos distingue.

Durante siglos, escribir ha sido una forma de dejar constancia de que alguien estuvo aquí, miró el mundo desde un lugar particular y tuvo algo propio que decir.

Sería una pena conservar todos los textos y, en el proceso, perder a quienes los escriben.

El Internet del futuro será más rápido y mejor redactado. También probablemente se convertirá en un espacio más uniforme.

El verdadero desafío no consiste en impedir que la IA aprenda a escribir como nosotros.

Consiste en evitar que terminemos por escribir como ella. Exige utilizarla sin renunciar a nuestra voz.

Fuentes consultadas

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