Pantallas que atrapan, conversaciones que desaparecen.
“La abundancia de información crea pobreza de atención.” — Herbert A. Simon, 1971.
Hace unos días, tres noticias se apoderaron de las redes sociales. Primero, la controversia en torno al nuevo video de Ariana Grande y las especulaciones sobre su salud debido a su extrema delgadez. Después, la crisis de salud mental que Pérez Hilton transmitió en vivo, durante la cual aparentemente se autolesionó. Y, por último, el asesinato del influencer mexicano César Gastélum, también durante una transmisión en vivo.
Confieso algo: no vi ninguna de las tres. No fue porque resultara difícil encontrarlas. Al contrario. Aparecieron una y otra vez en nuestros teléfonos, frente a un público que parecía incapaz de apartar la vista. Entre quienes miraban había muchos adolescentes.
Siete horas y media al día.
Quizá el primer dato ayude a dimensionar el problema. De acuerdo con el subsecretario de Educación Superior, Ricardo Villanueva, los usuarios de internet mayores de 16 años en México permanecen conectados, en promedio, 7 horas 32 minutos al día.
Dicho de otra manera: casi una jornada laboral completa. Y casi una hora más que el promedio mundial.
Ante este panorama, el gobierno mexicano abrió un debate sobre el uso de las redes sociales por parte de niños, niñas y adolescentes.
Se habla de adicción, de los riesgos y de la respuesta que debemos dar. Es una conversación urgente. No sólo por el tiempo que pasamos conectados, sino por lo que ese tiempo está haciendo con nosotros.
De dos minutos y medio a 47 segundos.
Hay otro dato que me inquieta aún más. En sus estudios sobre el uso de pantallas, la psicóloga Gloria Mark encontró que el tiempo promedio que una persona permanece en una misma pantalla antes de cambiar de foco pasó de dos minutos y medio en 2004 a sólo 47 segundos en mediciones recientes.
Cuarenta y siete segundos. Menos de un minuto antes de que nuestra atención se desvíe a otra cosa. El dato no significa que hayamos perdido la capacidad de pensar, pero sí muestra hasta qué punto nos hemos acostumbrado a cambiar de foco.
Y esto sucede mientras se deterioran algunas habilidades de comprensión de lectura.
En Estados Unidos, el 28% de los adultos obtuvo en 2023 un resultado de nivel 1 o inferior, frente al 19% registrado en 2017. En esos niveles, parafrasear o extraer conclusiones de un texto de varias páginas puede resultar difícil. Sería demasiado simple afirmar que una cosa provoca la otra. Pero cuesta no ver ambas tendencias como parte del mismo paisaje: atención fragmentada, lectura superficial y una creciente dificultad para detenernos a pensar.
Cada año hablamos 338 palabras menos al día.
Hay otra pérdida, más silenciosa, que también debería preocuparnos. De acuerdo con la investigación de Valeria Pfeifer y Matthias Mehl, por cada año transcurrido entre 2005 y 2019 pronunciamos, en promedio, 338 palabras diarias menos que el año anterior. A lo largo de ese periodo, la reducción estimada fue del 28%.
A primera vista, 338 palabras quizá parezcan pocas. No lo son: equivalen a menos de 120,000 palabras habladas al año, en comparación con el año anterior. Entre los menores de 25 años, el descenso fue aún mayor: 451 palabras diarias menos por cada año transcurrido, frente a 314 entre los participantes de mayor edad. No son únicamente palabras. Son conversaciones que dejaron de ocurrir.
La economía de la atención.
Nada de esto ocurre en un entorno neutral. Las plataformas están diseñadas para retener nuestra atención durante el mayor tiempo posible. Ese es el negocio.
Pero la vulnerabilidad no se distribuye por igual. Como explicó la investigadora mexicana Lucía Magis-Weinberg, el cerebro adolescente es especialmente sensible a la información y a las conexiones sociales. Por eso, el diseño de estas plataformas puede afectarlo de diversas maneras.
¿Qué hacer?
Aquí aparece la parte difícil. La respuesta más sencilla sería prohibir. Pero Lucía Magis-Weinberg recomienda no patologizar el cerebro adolescente ni recurrir a una prohibición absoluta que ignore cómo integrar estas tecnologías de manera responsable.
También hay una verdad incómoda para los adultos: los niños y los adolescentes aprenden más de lo que ven que de lo que les decimos. Si en casa pasamos el tiempo de ocio pegados al teléfono, es muy probable que reproduzcan el mismo comportamiento. En la escuela, por nuestra parte, debemos enseñarles a utilizar estos dispositivos y herramientas, como la IA, para desarrollar habilidades.
Sin lectura y escritura sólidas, tampoco tendrán todas las herramientas necesarias para juzgar, cuestionar y crear con la tecnología.
El gobierno también tiene una responsabilidad: dialogar con las plataformas y con la sociedad, exigir medidas de protección y establecer límites adecuados para cada edad. Regular no implica necesariamente imponer una prohibición absoluta. Significa procurar que el acceso sea gradual, seguro y acompañado.
El problema, entonces, es de todos. Y quizá el primer paso sea menos espectacular de lo que imaginamos: detenernos. No podemos seguir pegados al teléfono viendo tragedias sin preguntarnos qué les hace esta exposición a nuestros jóvenes y qué nos está haciendo a nosotros.
Fuentes consultadas
Comentarios
Publicar un comentario