Vicente Quirarte: el hombre que aprendió a escuchar la Ciudad de México.
La muerte de Vicente Quirarte, ocurrida el 11 de agosto de 2026, deja un vacío difícil de llenar en la vida cultural de México. Nos dejó un poeta, un ensayista y un maestro, pero también uno de los grandes lectores de la Ciudad de México: alguien que supo caminarla, escucharla y encontrar historias donde muchos de nosotros solo vemos calles y edificios.
Su ausencia duele especialmente porque Quirarte no se limitó a estudiar la ciudad desde los libros. La convirtió en parte de su vida y de su obra. Nos enseñó que, para comprenderla, primero hay que aprender a mirarla.
A veces caminamos por la Ciudad de México sin verla de verdad. Recorremos sus calles con prisa, atravesamos plazas, pasamos frente a edificios antiguos y rara vez nos preguntamos qué ocurrió ahí antes de que llegáramos.
Vicente Quirarte sí se detenía a mirar.
Nació en la Ciudad de México el 19 de julio de 1954 y murió en ella a los 72 años, el pasado 11 de agosto. Fue poeta, ensayista, narrador, dramaturgo, cronista, investigador y profesor. Pero más allá de los títulos, fue un hombre que dedicó buena parte de su vida a escuchar las historias que la ciudad aún guarda.
Creció en el Centro Histórico cuando la capital comenzaba a transformarse aceleradamente en la enorme metrópoli que conocemos. Ahí descubrió algo que después recorrería toda su obra: una calle nunca es solo una calle. También es lo que ocurrió en ella, las personas que la caminaron, los edificios que ya no existen y los recuerdos que se resisten a desaparecer.
Esa manera de mirar convirtió a la Ciudad de México en una presencia constante en sus libros. En obras como Elogio de la calle. Biografía literaria de la Ciudad de México; La ciudad como cuerpo; Enseres para sobrevivir en la ciudad; México, ciudad que es un país; El peatón es asunto de la lluvia y Ciudad de seda. Quirarte no se limitó a describir avenidas, monumentos o fachadas. Quiso entender a las personas que los habitaban y las pequeñas historias que, juntas, forman la memoria de una ciudad.
Tal vez ahí se encuentre una de sus aportaciones más importantes: recordarnos que la historia no vive solamente en los archivos, los museos o los libros de texto. También está en los nombres de las calles, en una vieja fotografía familiar, en las estaciones del Metro, en una casa a punto de desaparecer y en las historias que cuentan quienes han vivido muchos años en una colonia.
Quirarte estudió con especial atención el México del siglo XIX. Recuperó y analizó la obra de escritores como Guillermo Prieto y Francisco Zarco, quienes narraron una ciudad marcada por guerras, epidemias, invasiones y grandes transformaciones políticas. Al leerlos y acercarlos a nuestro tiempo, construyó un puente entre aquella capital y la que hoy recorremos.
Su relación con la UNAM fue profunda. Allí estudió lengua y literatura hispánicas, obtuvo la maestría y el doctorado en letras mexicanas y trabajó como profesor, investigador y funcionario universitario. También dirigió la Biblioteca Nacional de México y el Instituto de Investigaciones Bibliográficas, dos instituciones responsables de conservar una parte esencial de nuestra memoria escrita.
Fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y, desde 2016, de El Colegio Nacional. Recibió reconocimientos importantes, entre ellos el Premio Xavier Villaurrutia. Sin embargo, su legado no puede resumirse en cargos, premios ni libros publicados.
Está, sobre todo, en una forma de mirar.
Para quienes hoy conocen la ciudad a través de Google Maps, videos breves o fotografías que pasan rápidamente por una pantalla, Vicente Quirarte deja una invitación que parece sencilla: caminar con atención. Levantar los ojos. Preguntarnos quién estuvo antes en el lugar que ahora ocupamos y qué historias podrían desaparecer si dejamos de contarlas.
Quirarte entendió que recordar el pasado no significa vivir atrapados en él. Significa saber de dónde venimos para decidir, con un poco más de conciencia, hacia dónde queremos ir.
La Ciudad de México no está hecha solo de concreto, tráfico, edificios y tecnología. También está hecha de palabras, recuerdos, pérdidas y afectos. Vicente Quirarte dedicó su vida a reunir esos fragmentos y a mostrarnos que la ciudad puede leerse como un gran libro abierto.
Su muerte deja una página imposible de reemplazar. A nosotros nos corresponde mantenerla abierta y decidir si queremos detenernos a leerla.
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